La cama de abajo aún cubría parte de la habitación, y era considerablemente más baja que la otra.
La persiana, bajada como siempre. Sólamente, y sin quererlo, se quedaba abierta una rendija de ésta, y por ella se reflejaban las luces de la plazoleta que a mí, siempre me dió la sensación de ser tres pares de ojos que estaban intentando discernir en el último momento que me había portado bien.
Me pasaba los veinte minutos antes de acostarme colocando tus zapatillas, las mías y las suyas. Cada par en un baldosín, sin que rozasen ninguna raya, como me sucede ahora al andar por la calle.
Las miraba y luego me cercionaba de que el barreño azul y los vasos de vino estaban en la mesa:
-"Ponles más, estarán cansados"- Decía, y tú me replicabas:
-"No tanto"- A estas alturas nadie se asustará de saber que sus padres no querían atiborrarse de vino precisamente la noche de reyes.
Y no podía dormir.
Y no me costaba despertar.
Abría los ojos y te llamaba cuando el sol ya se había levantado. Y hasta él me daba envidia.
Y tú me obligabas a dormir un poco más y te enfadabas si oías el crujir de los muelles al levantarme de la cama.
Y te asustabas si no se podían abrir las cajas de mis muñecas con las tijeras de las cocinas. Y ambas sonreíais al saber que yo siempre querría ser la última.
Ahora sólamente me queda envidiar. Porque ya no me queda nada.
Ni vino, ni zapatillas, ni barreño, ni envoltorios...Ni tú.
Y por eso, ya no suelo dejarme la persiana abierta ni un milímetro. Y cuando lo hago me doy cuenta de que ya no hay tres pares de ojos vigilándome y preguntándose si pueden cumplir con mi carta...Me percato de que ni siquiera son tus ojos.
Me doy cuenta, ya que ya no soy niña, de que jamás me importó tanto este día como actualmente me importa.
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