/ Cabalgando a lomos de una estrella rota /

domingo, 23 de octubre de 2011

Lluvia digna de sol

Con un temblor, alzó el brazo derecho que se encontraba entumecido por el peso de su propia cabeza. Entrecerró los ojos, intentando discernir sus propios miembros. Aún quedaban rastros de tierra bajo sus uñas.
Parecía que se había defendido.
Sin embargo, su ropa estaba rasgada, como si el mismo contexto de la situación le hubiese querido enviar un guiño, indicándole su debilidad.
Se incorporó y se miró las manos, todo llevado a cabo con movimientos excesivamente lentos, como si hubiese estado durmiendo diez años o más. Quizás se trataba de eso.
Sus manos estaban extrañas. Había un leve, casi difuminado, rastro de lo que un día debió ser su sangre derramada. Pero áquellas marcas parecían haber sido frotadas, lavadas a conciencia. Alguien había intentado curarle las heridas pero no lo había conseguido del todo.
Se levantó, con torpeza, y tuvo que colocar los brazos en cruz un momento para guardar el equilibrio.
Cuando lo hizo, se sintió con fuerza para alzar la vista hacia el cielo. En cuanto lo hizo notó que, con un leve esfuerzo, un haz de luz, quizás el sol, intentaba hacerse paso entre las copas de los árboles.
La luz sólamente iluminó una facción de su rostro: Sus ojos, y su nariz respingona. Pero debido a eso, o debido al entumecimiento comenzó a notar un hormigueo en la espalda...Un perezoso cosquilleo que, a la vez que la hacía temblar, parecía querer desnudarla. Algunos rastrojos de su ropa hecha trizas se desprendieron de su cuerpo, sin pudor, y cayeron al suelo sin hacer sonido alguno, sin rozar ni siquiera el tallo de una hoja.
Sin embargo, había otro sonido más que se esparcía cauteloso por aquel claro. Sus oídos se agudizaron, y sus ojos se movieron a una velocidad vertiginosa por todo él, intentando desentrañar si había alguien tras algún voluminoso tronco espiándola.
Y entonces lo vio. Un pequeño destello, un pequeño haz que, aún siendo mucho menos corpóreo y menos visible que los rayos del sol, envió una señal a su cerebro y este, a su vez, ordenó que todo su cuerpo se estremeciera:
-¿Quién eres tú?-Preguntó ella, en un principio, al silencio.
No obstante, pronto unos pies se descubrieron desde detrás de uno de los árboles más frondosos.
Aquel hombre, o ser, o ente, fue dejando un reguero de hojas muertas tras de sí mientras caminaba hacia ella:
-Yo te he curado las heridas.- Ella bajó la vista, pero pronto las manos de aquel desconocido la alzaron la barbilla, sin permitir que sus ojos verdes tocasen el suelo:
-¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?-Él rodó los ojos, buscando en sus recuerdos y los hombros de ella sufrieron otra leve sacudida. Menudo gesto más curioso:
-Algo así como seis meses. He intentado quitarte los rastros de sangre, pero no lo he conseguido del todo.
-No importa, yo solo quiero saber...-Él negó, acallándola, y ella frunció el ceño, con desagrado:
-Nada de lo que quieras saber ahora es importante.- LLevó las manos a la espalda de ella, como en un impulso, como si fuese a abrazarla y los labios de la joven profanaron su orgullo y sus cuerdas vocales dejando escapar un gemido:- Lo único importante es que para curarte debes...- No completó la frase y sus dedos rozaron levemente, con las yemas, la columna vertebral de ella, quien echó la cabeza hacia atrás, movida por una sensación nerviosa, hormigueante, mucho más intensa que las anteriores.
Notó que algo se desprendía de su cuerpo, de su ser, y miró por encima de su hombro, con terror:
-Sé que ahora no lo recuerdas- Escuchó que decía él:- Pero esto es lo que eres.-Las alas que habían brotado de la espalda de la muchacha se movían con lentitud, como ella al despertar, inquietas pero trémulas.
Respondieron enseguida cuando él la tomó de la mano y la obligó a cruzar el bosque corriendo. Los árboles, las quebradizas ramas, apenas eran obstáculos ante su velocidad...Parecían simplemente formar parte de la nada debido a lo rápido que desaparecían ante sus ojos.
De pronto, sus pies se detuvieron y chocó contra la espalda de su improvisado compañero:
-¿Qué pasa?-Inquirió, pero él la tomó de los hombros y la acercó a él. Olía a tierra. A metal. A lluvia. A humo.
Abrió los ojos, y, al hacerlo, él la soltó y la empujó hacia atrás. Y de repente ella comprendió; Habían llegado a la linde del bosque y él la había arrojado desde el precipicio, para que su débil cuerpo machacado por la guerra se viese aplastado contra la ladera.
Buscó sus ojos mientras caía, preguntándose el porqué y entonces lo vió: Aquel destello en sus ojos claros, que ya parecían hasta familiares.
Y recordó su olor. A tierra. A metal. A lluvia...A humo.
A aire.
Respiró una bocanada y alzó los brazos hacia el cielo, como si quisiera abarcarlo todo.
Y entonces sus alas reaccionaron y se vio impulsada hacia arriba...El viento le cortaba la cara, los labios, la despeinaba, le empapelaba el alma con carteles que parecían tener escrita la palabra libertad.

Sonrió y recordó entonces el destello en aquellos ojos verdes. Recordó, sus manos, su tacto e inventó sus labios en su oreja, en su cuello.
Su corazón la asfixió, intentando salir de su pecho. Creyó morir de felicidad inventando su cercanía, su proximidad. Creyó, de manera estúpida, morir de amor:
-¿Cómo pude olvidarme de volar?


Gracias a todos por darme alas. Gracias Alex, Sara, Raquel, Diego...

Para ti, Alejandro. Gracias.

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