/ Cabalgando a lomos de una estrella rota /
lunes, 21 de octubre de 2013
Parecía una muñeca de porcelana.
Fruncía los labios frente al espejo, se hacía una trenza cuando se cansaba de sostener el pelo con los hombros y tenía las venas de vidrio.
Era consciente de que ya no circulaba por ella sangre alguna, porque a veces se mordía los pétreos labios con el deseo de poder sentir el calor y este nunca llegaba.
Daba vueltas y vueltas por encima de la gravedad y se dejaba caer en los brazos de cualquiera que pudiese sostener su rigidez.
Solo a veces, y decir "a veces" era decir en contadas ocasiones inexorables, vacías, y amargas, dejaba apoyar la cabeza en una almohada caliente en sustitución de aquella sangre que le faltaba en las venas. Hubo una vez que, incluso, llegó a creer que podía mover las extremidades con libertad.
Siempre había soñado, y este no era un sueño hecho con fe sino construído de forma artificial como sus ojos claros de piedra, que podía correr cual pastora de ovejas por una pradera interminable. La soñaba interminable porque así eran sus ganas de correr.
No obstante nunca llegaba a completar los pasos.
Para poder dibujar una sonrisa, debía chutar de inspiración su blanquecina piel, su hierática columna, sus inmaculadas uñas, su quebradizo pelo y su hilarante y desilachada alma. Solo entonces era capaz, durante breves y oscuros días, de dar vueltas y vueltas sobre sí misma.
Y cuando alguna voz le preguntaba si ya había terminado, si el momento de la exaltación había pasado o si podía dejar de lado la excitación para poder volver a poner sus afiladas manos sobre las huesudas rodillas, ella dudaba.
Preguntaba a los labios que la habían hecho gemir por última vez si era la ocasión de dejarlos de lado. Le soñaba hasta despierta y se despertaba por tenerle en sueños. Notaba que su inamovible y pétreo corazón se encallecía por su culpa y que, a pesar de ello, le era incapaz de seguir deseando su cancerígeno olor.
Se veía a sí misma como dueña de un carruaje guiado por demasiados caballos descontrolados.
Y qué bonitos colores tenían. Y cuan admiraba sus crines. Pero, al fin y al cabo, ella solo era una estúpida muñeca de piernas frágiles que se dejaba seducir por una canción y por un sombrero que tapase sus ojeras. Ella solo deseaba con toda el alma bajarse del carruaje y continuar dando vueltas, porque aquella sensación de mareo, aquel calor de almohada, era lo único que le desentumecía los fríos miembros.
Si hubiese podido sentir de verdad hubiese deseado poder ser capaz de romperse para así alargar la mano y buscar algo sólido con lo que recomponer todos sus pedazos.
Pero sabía que para poder sentir aquello y ser capaz de realizarlo primero debía volverse humana.
Y ella hacía mucho tiempo que había dejado de sangrar.
http://www.youtube.com/watch?v=oFgIFaKTrlE
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario