/ Cabalgando a lomos de una estrella rota /
lunes, 18 de febrero de 2013
Qué seguro estabas, pequeño monstruito de ojos verdes. Qué bonita lealtad la que tu proferías por esos labios solo cubiertos a medias. ¿Dónde esta tu lealtad ahora? ¿Qué ha quedado de esa espada legendaria siempre prendida a la cintura y de esa flecha tantas veces certera con la que juraste proteger ese sentimiento?
Tal vez tengas razón. Quizá esté enterrada bajo ese manto de tierra frágil y podrida que sustituye a tu dolor.
Tal vez no. Quizá sólamente se haya quedado dormida entre tanto llanto.
Así sentada sobre este muro solo pareces un pequeño monstruo de ojos verdes que busca entre la basura el vestigio de un pincel. ¿Qué quieres pintar junto a ti? Un lazo con el que adornar tu frente, para que nadie la vea perlada en sudor? ¿Una mueca de dolor fraccionada en mil instantes?
Deja de mirarte al espejo, porque sólo verás unos ojos verdes. El resto de ti, es todo un monstruo.
Tú siempre tan segura de ti, apartando de ti a las mentes traicioneras. Ahora ni tu espada legendaria ni tu flecha acierta un corazón, por muy certera que sea.
Guarda silencio... Deberías escucharte. Detrás de ese muro sobre el que te sientas aguardan tus verdaderos pensamientos: Unos gritan y otros chillan. Pero todos tienen algo en común y es que son mudos, entre tanta agitación te has quedado sorda...
No puedes hacer ambas cosas. No te da cabida el pecho para tanto agujero. Si escoges un cajón, ten presente que inmediatamente perderás la otra llave. No puedes hablar de esto. Tienes que sentarte en el coche y llevar a tu oscuro pasajero junto a ti, en silencio, como si no existiese. Mirarle de reojo, tal vez asentir sabiendo que ahí está.
Pero en silencio durante todo el viaje. Hasta que sepas por lo menos qué es lo que gritan tus pensamientos.
Hasta que tu oscuro pasajero, decida bajarse a mitad de camino o continuar.
Cierra tus ojos verdes, dejarás de ver al monstruo.
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